El Silencio de Dalia.

Tapa inicial. Prólogo. Inicio.

La carta la encontré un amanecer de invierno helado. La descubrí dentro del buzón, algo sorprendente, pero realmente sincera. Estaba repleta de párrafos y pude comprobar que esas palabras iban dedicadas a mí, con estas palabras:

Hola:

¿Sabes?, estos días me he sentido intranquilo, vacío, desesperado. El recuerdo de aquella noche me ha perseguido cada día desde aquel momento en que me enamoré de ti; cada segundo y momento aún me saben en la piel, en los labios, como si fuera recién el momento en que me embriagaste del dulce sabor de tus labios mezclados con las caricias y los abrazos que nos dimos. Como si hubiera sido hace unos segundos aún puedo sentir la tibieza de tu cuerpo junto al mío mientras bailábamos y ese dulce aroma que te acompaña siempre, como fantasma, como guía, como consejero, como león al pendiente de su presa.

Quiero que sepas que desde ese momento en que me besaste quedé prendado a ti; como soldado obediente a las órdenes de su general. Que no sé qué es lo que quiero y a dónde voy si no es que vienes conmigo, a mi lado, haciéndome feliz. Que a veces despierto por las noches y pienso que nada tiene sentido si mis días no están marcados para que los comparta contigo, los viva contigo… los muera contigo.

¿Entenderás que en realidad estoy enloqueciendo de amor por ti?, que muero por volverte a besar, a sentirte, escucharte, hablarte, mirarte, tomarte de la mano y ser esa copa vacía que clama a gritos por ser llenada, ¿lo entenderás?

No tardes a mi llamado, y si tardas lo entenderé. No tardes a mi clamor, y si no recibo respuesta, callaré. Dejo la puerta abierta para que poseas todo lo que soy y dejo el paso para que seas quien pase primero y te corones en tus dominios.

¿Me amarás?… impaciente esperaré.
Athan.”
El agua me estaba calando la integridad del cuerpo, aunque esa carta me introdujo en un mundo de aventuras y romanticismos. Después de esto, me dispuse. Mi vida empezaba con esa carta. Iba a buscarlo. Iba a encontrarlo.
Mi búsqueda empezó el invierno de 2005 con un viaje a Venecia. En el aeropuerto, sentada sobre uno de esos bancos típicos de aeropuerto que se llenan de incontables pasajeros extranjeros dispuestos a llevarse centenares de recuerdos inolvidables del Reino Unido, estaba leyendo
las últimas líneas del filósofo Capricornio y esas cuarenta palabras me despejaron la mente en ese momento de decaimiento cerebral y corporal:
“El amor es uno de los aspectos más importantes en nuestra vida y está presente en casi todo lo que nos rodea. Innumerables veces, las lágrimas o la emoción nos embargan por razones de amor. Sin embargo en la actualidad nosotros no vemos el amor como algo que hay que aprender sino como un sentimiento espontáneo y a veces confundido con la atracción sexual.”
El filósofo me había rompido la magia de la carta, conservada a mi lado eternamente. Por megafonía percibí la señal de entrada en el avión que, por la compañía de una familia numerosa con niños, se presentaba algo movidita.

Quería tener la manía de ser una de esas locas romanticonas que tenían miles de cartas en su casa para novios desconocidos, pero lo primero era escribir una carta, mi primera carta o, siquiera, unas línias que reflejaran mi vida actual justo en el C-8 del Airbus 340.
Incluso en estos tiempos raudos como un autobús sin frenos, cualquier día tiene un segundo en que miro al cielo y disfruto pensando en el mundo. Incluso en estos tiempos que soy dichosa de otra manera, cualquier día tiene un instante que sé que daría una vida plena por un deseo innato. Incluso en estos tiempos de volver a disfrutar con los amigos, cualquier día tiene un lapso en el que rememorar es ingrato. La angustia está conmigo, se iría el dolor mucho más lejos si no viera intolerancia extrema, si no aparecieran los fantasmas, que viven dentro de los reflejos.”
El avión, naturalmente, estaba repleto de personas. Pero, ¡claro! Yo, como una maldita tonta iba a ceder mi sitio a una persona con cara sonriente solo por cuestiones de educación. Pues no. Me senté en mi sitio como debía y disfruté del viaje, algo largo y fatigoso, como todos esos viajes que haces en la playa los veranos, o como esas vueltas que das por la ciudad inmensa.
Al llegar al Aeroporto
Di Venezia Marco Polo, cogí maleta en mano y me trasladé prontamente a la estación de autobuses. Al llegar ahí encontré diez puñados más de gente que en el avión, de modo que la idea de tranquilidad italiana se ausentó y no por su amabilidad y modo literario de conversar, sino por la agobiante e insufrible forma que tenían todos de coger el automóvil y ponerse sobre la carretera con esos coches fastuosos de alta gama y llevarlos hasta el fin de la luz vital.
En el autobús, donde inquietamente me encontraba, un hombre me observaba continuamente, visión que me atemorizó en todo mi cuerpo por las extrañas miradas de él (en este punto debo aclarar que era un joven y bastante bello y otra de las razones que me hacía estar nerviosa, era su seducción con la mirada).

Como tenía media hora de camino y su incansable mirada no cesaba, me propuse escribir otra carta, pero una carta diferente, de amor, sí, pero diferente a la anterior:
“Me pregunto porque sucederá, cuando y como, entre una multitud de gente o en un espacio íntimo con una taza de chocolate en la mano. La verdad, ansío conocerte si no lo he hecho ya, quiero que vengas ya a mi vida como una persona especial porque miro a quienes me rodean y todos tienen a alguien realmente importante con quien compartir las cosas. No se si ahora estarás a la vuelta de la esquina, o si simplemente estarás leyendo un libro. Sólo sé que quiero estar contigo, mirándote y que me mires, tocándote el pelo, deseando no perderte nunca. Pero me da la sensación que no aparecerás nunca, que eres tan solo una ilusión dentro de mi mente que no espera hacerse realidad. Pienso que disfrutaría más la vida contigo, y que las tardes de cine, o los paseos por el río serían más interesantes. No espero que me escribas en un muro cuando me quieres, e incluso me ofendería, no quiero que envíes flores a través de una nota, solo quiero que seas espontáneo, coger un tren y travesar todo el país sabiendo que después de 9 horas aparecerá la cálida bruma del verano, llamarme a la puerta a las 4 de la mañana porque me hechas de menos, cantarme al oído sin pedírtelo…espero no pedir mucho. Espero que vengas pronto. Espero conocerte pronto.”
– Qual è il nome della signora?
– Dalia.¿Qué pasa?
– Il mondo è andato fuori dal bus.
Que vergüenza. Ni las golondrinas ni las palomas volarían tan alto por las brisas de risa que se generarían, ni las notas de Giovanni Gabrineli llegarían tan alto como el suceso de hoy. Pero la sandez provocada por el cansancio fue observada por alguien, el visionario.
– Hola señorita, ¿podría acompañarla en este sugestivo viaje?
– Sí claro, ¿pero por qué quiere usted viajar conmigo si soy una desconocida tal vez loca joven de ciudad?
– ¿Por qué no?
Dejo la puerta abierta para que poseas todo lo que soy y dejo el paso para que seas quien pase primero y te corones en tus dominios. ¿Cómo podría llamarla en un instante de augurio? – preguntó convencido el joven.
– Mi nombre es Dalia, ¿cuál es su nombre, si puede saberse?¿Cómo se llama?¡Dígamelo!
– Athan.
¿Me amarás?… impaciente esperaré.
Silencio. No se produjo ninguna dicción al respecto. Estas cinco palabras le habían marcado y, cavilando mejor, demasiado apresuradamente.

***
A lo mejor nunca debía de haber terminado ese libro, posiblemente mi destino soñador habría cambiado si este maldito libro no hubiese puesto punto y final a mi historia.
Tarde, ya ha acabado. Fin.

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